Alcalá de Henares, 18 de octubre de 2026.- La comunidad parroquial de Santa Teresa de Jesús, en el barrio de La Garena, ha vivido hoy domingo 18 de octubre una jornada histórica con la dedicación solemne de su nuevo templo, presidida por el obispo de la diócesis, monseñor Antonio Prieto Lucena. La celebración marca la culminación de años de trabajo y esfuerzo compartido, pero también el comienzo de una nueva etapa para una parroquia llamada a convertirse en lugar de encuentro, oración y vida cristiana en el barrio. La fecha no ha sido elegida al azar, sino que se celebró en el domingo más próximo a la festividad de Santa Teresa de Jesús que es el 15 de octubre. A la ceremonia asistieron además del obispo emérito, monseñor Juan Antonio Reig Pla que concelebró, la alcaldesa Judith Piquet y varios miembros de la corporación municipal.
“Hoy no estamos simplemente inaugurando un edificio. Estamos dedicando solemnemente esta iglesia a Dios, para que sea, de manera permanente, una casa de oración”, afirmó el obispo durante la homilía. Con estas palabras, situó el significado de la celebración más allá de la dimensión arquitectónica: el templo adquiere su sentido pleno como espacio destinado al culto divino, a la celebración de los sacramentos y al encuentro de la comunidad con Jesucristo.
La dedicación de una iglesia es una de las celebraciones más solemnes de la liturgia católica. Mediante una oración específica y una serie de gestos rituales, el obispo dedica el edificio de manera estable a Dios. No se trata, por tanto, de una simple bendición de las instalaciones, sino de un acto litúrgico que expresa la finalidad permanente del templo y su vinculación con la vida de la Iglesia.
La unción del altar y de los muros
Uno de los momentos centrales de la celebración es la dedicación del altar, que ocupa un lugar fundamental en la vida litúrgica del templo. Sobre él se celebra la Eucaristía, memorial sacramental de la muerte y resurrección de Jesucristo. Durante la ceremonia, el obispo unge el altar con el santo crisma, el aceite consagrado que remite a Cristo, el Ungido del Padre.
También se unge el interior de la iglesia, como signo de que el edificio queda destinado al culto de Dios. A continuación, la incensación del altar expresa simbólicamente la oración que se eleva hacia el Señor, mientras que su iluminación recuerda que Jesucristo es la luz del mundo.
Estos gestos, que forman parte del rito de dedicación, manifiestan que el templo no es un espacio indiferenciado, sino un lugar destinado a la celebración de los misterios de la fe. La Eucaristía, centro de la vida cristiana, constituye la culminación de esta celebración y la razón fundamental de la dedicación del altar.
Durante la homilía, monseñor Prieto Lucena explicó que estos signos remiten a Jesucristo como verdadero templo de Dios. A partir del diálogo de Jesús con la mujer samaritana, recogido en el Evangelio, recordó que la adoración cristiana no queda limitada a un lugar geográfico, sino que se fundamenta en la relación con el Padre por medio de Cristo. El templo material tiene así su sentido más profundo en cuanto conduce al encuentro con Él.
Una reliquia de santa Teresa bajo el altar
La celebración incluyó también el depósito de una reliquia de santa Teresa de Jesús bajo el altar, un gesto que enlaza la dedicación del nuevo templo con una antigua tradición de la Iglesia. En los primeros siglos del cristianismo, las comunidades celebraban la Eucaristía junto a las tumbas de los mártires. La presencia de reliquias bajo el altar mantiene viva esa memoria y expresa la comunión entre Cristo, cuyo sacrificio se celebra en la Eucaristía, y los santos, que han dado testimonio de su fe con su vida.
La elección de santa Teresa de Jesús como titular de la parroquia adquiere así un significado particular. La santa abulense, una de las grandes maestras de la espiritualidad cristiana, ocupa un lugar destacado en la tradición de la oración contemplativa. Además su presencia y su obra en Alcalá dejó patente la importancia de la obra carmelita en la ciudad complutense. El obispo invitó a los fieles a acudir a la santa como protectora e intercesora y pidió que la nueva iglesia sea una auténtica “escuela de oración”.
Recordando la enseñanza teresiana, definió la vida cristiana como una amistad con Jesucristo que se cultiva mediante la oración. Una amistad que, lejos de apartar de la realidad cotidiana, impulsa a amar más a los demás y a comprometerse con ellos. «Una comunidad que reza de verdad se convierte necesariamente en una comunidad más fraterna, más acogedora y más misionera», señaló.
Un templo para el barrio
La dedicación de la nueva iglesia representa también un acontecimiento para La Garena, un barrio en el que conviven familias, comercios, empresas y personas que desarrollan buena parte de su vida cotidiana fuera del hogar. En ese contexto, el obispo presentó el templo como un signo visible de la presencia de Dios entre las casas y las actividades de sus habitantes.
“Dios quiere tener su casa en medio de nuestras casas”, afirmó, precisando que no es Dios quien necesita un edificio, sino las personas quienes necesitan lugares donde encontrarse con Él, escuchar su Palabra y experimentar la pertenencia a una comunidad.
El obispo evocó asimismo la imagen de la parroquia como una fuente a la que todos pueden acudir para encontrar agua. La nueva iglesia está llamada a ser esa “fuente de agua viva” para La Garena: un lugar donde recibir orientación, consuelo y fortaleza, pero también donde descubrir la fraternidad y la responsabilidad de ayudarse mutuamente.
En este sentido, la parroquia no queda definida únicamente por sus celebraciones o actividades, sino por su capacidad de acoger a quienes se acercan a ella. El prelado expresó su deseo de que las familias encuentren acogida, los jóvenes descubran su lugar en la Iglesia y los ancianos, los enfermos y quienes atraviesan dificultades se sientan acompañados.
De las piedras del edificio a las piedras vivas
La homilía estuvo atravesada por una distinción fundamental: la que existe entre el templo material y la comunidad de los bautizados, llamada también a ser templo de Dios.
A partir de las palabras de san Pablo —«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?»—, monseñor Prieto Lucena recordó que la belleza y la funcionalidad del edificio no bastan para sostener una comunidad cristiana. Su fundamento debe ser Jesucristo, junto con la Eucaristía, la oración y el amor fraterno.
La construcción material llega a su término, pero la construcción espiritual continúa. “La construcción del edificio se puede decir que ha terminado, pero la construcción de la comunidad cristiana continúa cada día”, afirmó el obispo, que invitó a los fieles a trabajar por una parroquia cada vez más unida, acogedora y misionera.
El prelado expresó finalmente su agradecimiento al párroco, Gabriel García-Alfageme, y al vicario parroquial, Josué Mulet, así como a los feligreses, al consejo parroquial, a los responsables diocesanos, a los profesionales que han intervenido en la obra y a las instituciones y entidades que han contribuido a hacerla posible. También tuvo palabras de gratitud para el Colegio Mingote, que cedió sus instalaciones durante el tiempo de las obras, y para los familiares del siervo de Dios Mariano Arrizabalaga, seminarista mártir, por la donación de una reliquia. El párroco Gabriel García-Alfageme fue secretario del obispo Juan Antonio Reig Pla, hoy prelado emérito, y el vicario parroquial, Josue Mulet, es el secretario del obispa Antonio Prieto.
La celebración concluyó con una mirada puesta en el futuro. Encomendando la nueva etapa a la Virgen María y a santa Teresa de Jesús, el obispo resumió el sentido de la jornada: “Hoy dedicamos a Dios un templo de piedra, para que Él siga construyendo entre nosotros un templo de piedras vivas”.