Fue un triste revés para las aspiraciones aéreas de nuestra ciudad, pero como
no hay mal que por bien no venga, por aquel entonces, el coronel Pedro Vives
Vich, Director de la Aeronáutica Militar y con fuertes vínculos alcalaínos, y el
capitán Alfredo Kindelán Dunay, jefe del nuevo Servicio de Aviación, estaban
estudiando la posibilidad de instalar en Alcalá un campo de vuelo militar que
sirviese como etapa intermedia entre Madrid y Guadalajara, donde tenía su
sede el Servicio de Aerostación, y que a su vez, aliviase a la Escuela de
Cuatro Vientos en las prácticas de vuelo de los alumnos aspirantes al título de
piloto militar.
Tras diversas reuniones de Vives y Kindelán con la corporación municipal
complutense y algunos propietarios de los terrenos elegidos, se autoriza que a
partir del 1 de septiembre de 1913 comiencen las prácticas de vuelo en la
entonces llamada “estación de prácticas de aviación”, que tomó el nombre de
aeródromo militar del Campo del Ángel, por estar situado en la zona donde
estuvo la ermita del Santo Ángel, cerca de lo que hoy conocemos como parque
de Gilitos y que se usaba como campo de instrucción y maniobras de los dos
regimientos de caballería que estaban acantonados en Alcalá.
Estas decisiones supusieron para la ciudad complutense convertirse en sede
del segundo aeródromo militar creado en España, del que se han cumplido el
pasado mes de septiembre ciento diez años, un periodo muy corto para la muy
dilatada historia de nuestra ciudad, pero muy apasionante por lo que veremos a
continuación y de lo que tristemente no nos queda prácticamente ningún
vestigio patrimonial, exceptuando la Cruz del Siglo (hoy trasladada unos
quinientos metros al sur de su emplazamiento original, que se encontraba más
cercano al aeródromo) y que sirvió de referencia geográfica para nuestros
primeros alumnos pilotos y también de amparo espiritual para esos momentos
cuando las cosas, en segundos, se tornan difíciles y complicadas en el aire
durante el vuelo, como bien saben los aviadores y que tanto reconfortan al
tomar tierra sanos y salvos.
El coronel Vives designó como primer jefe del nuevo aeródromo, al capitán de
Estado Mayor Alfonso Bayo de Lucia, perteneciente a la segunda promoción de
pilotos militares y hermano del también capitán Celestino Bayo, tristemente
recordado por ser el primer aviador militar español fallecido en acto de servicio
el 29 de junio de 1912.
Junto a Bayo, se designó como profesores auxiliares al teniente de Infantería
Julio Ríos Angüeso (que sería posteriormente el primer aviador condecorado
con la Cruz Laureada de San Fernando, máxima recompensa militar española,
por sus acciones en el protectorado de Marruecos) y al teniente de Sanidad y
también piloto Carlos Cortijo, todos miembros de la segunda promoción
formada en la Escuela de Cuatro Vientos.
Siguiendo el curso de la historia, ya contamos en Alcalá con un aeródromo,
cuyas instalaciones de hangares y cobertizos se encontraban en un estado
muy precario, (ubicadas en lo que actualmente es el colegio Antonio de Nebrija,
entre las calles San Ignacio de Loyola, Villalbilla y Jorge Guillen en el barrio del
Chorrillo); con una plantilla de profesores y de personal auxiliar para atender
las necesidades del establecimiento y de las aeronaves; y con un plan de
instrucción para los aspirantes a piloto, que analizaremos más adelante. Todo
ello, como se comentó anteriormente, con el visto bueno del jefe de la
Aeronáutica Militar, el coronel Vives, y de la corporación municipal alcalaína.