Alcalá de Henares, 30 de abril dce 2025.- La Catedral Magistral de Alcalá de Henares acogió ayer tarde 29 de abril la celebración de una Misa Funeral por el eterno descanso del Papa Francisco. La Eucaristía estuvo presidida por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, y fue concelebrada por Ángel Román Idígoras, obispo electo de la Diócesis de Albacete, y por más de una veintena de sacerdotes.
En su homilía, Mons. Prieto Lucena destacó que «es para nosotros un motivo de orgullo tener a un Papa vinculado a nuestra diócesis«, en referencia a la estancia de Jorge Mario Bergoglio en Alcalá.
Homilía del obispo de Alcalá en el funeral por el Papa Francisco
Queridos hermanos sacerdotes, seminaristas, miembros de la vida consagrada, autoridades que nos honráis con vuestra presencia; representantes de diferentes instituciones de Alcalá de Henares, queridos hermanos todos:
Las Bienaventuranzas, que acabamos de escuchar en el Evangelio, nos hacen pensar en nuestro difunto Papa Francisco, por quien ofrecemos esta Santa Misa. Jesús nos habla de los pobres, de los que lloran, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los que trabajan por la paz y de los perseguidos por causa de la fe o la justicia.
Desde el comienzo de su pontificado, Francisco nos ha mostrado su especial predilección por todos estos bienaventurados del Evangelio. Ya en el momento de su elección, en el cónclave, el Cardenal Hummes, que estaba a su lado, le dijo: “No te olvides de los pobres”, lo cual significa que, antes de ser Papa, los pobres ya eran una prioridad para Francisco.
A lo largo de sus doce años de pontificado, Francisco ha querido estar cerca de los pobres, incluso acogiéndolos en el recinto del Vaticano. Ha soñado con una “Iglesia pobre y para los pobres”. Se ha desvivido por los migrantes. Su primer viaje fuera de Roma fue a Lampedusa, epicentro de la crisis migratoria en Europa. Ha luchado con denuedo por la dignidad humana de los no nacidos, de los enfermos terminales, de las víctimas de cualquier tipo de abuso, de los presos y de los cristianos perseguidos. Ha clamado, hasta la extenuación, en más de 300 ocasiones, por la paz en el mundo, por la paz entre las naciones y la fraternidad universal. Contra la “globalización de la indiferencia”, Francisco quería promover la “revolución de la ternura”.
El Papa Francisco pasará a la historia como el “Papa de la misericordia”, o como el “Papa de la esperanza”. Con su cercanía y amabilidad ha sabido ganarse a la gente sencilla. Con su humildad, se ha atraído el afecto y la admiración de muchas personas alejadas de la Iglesia. Nos ha dejado fotografías para la posteridad. Lo recordaremos de rodillas, ante los dos bandos de la guerra de Sudán del Sur, suplicándoles la paz; o también lavando los pies a presos y musulmanes; viajando a los lugares más recónditos del planeta, o, en plena pandemia, bendiciendo al mundo, bajo la lluvia, en una desierta plaza de San Pedro.
Entre las múltiples facetas que podrían destacarse de la persona y el pontificado del Papa Francisco, una de las más importantes es su pasión por la evangelización. En varias ocasiones, dijo que la Exhortación Evangelii nuntiandi, de San Pablo VI, era uno de los textos que más le habían influido en su vida. En esta Exhortación se afirma de manera contundente que “la Iglesia existe para evangelizar” (n. 14). La evangelización está en el ADN de la Iglesia. Una Iglesia que no vive para evangelizar se atrofia y pierde su identidad más profunda. Aquí encontramos un principio inspirador de todo el magisterio y el gobierno pastoral de Francisco. Es una nota dominante en todos sus documentos pontificios y el motor de su reforma de la curia vaticana. Sus preciosas catequesis, del año 2023, dedicadas a la “pasión por la evangelización”, podrían considerarse su propio “manual” de conducta.
Francisco era consciente de que la Iglesia tenía que evangelizar en medio de un “cambio de época”, en una sociedad en constante transformación, en la que se impone un modelo antropológico neopagano, mientras se deconstruye la cosmovisión cristiana. Pero eso no le desanimaba. Nos invitaba a confiar en la belleza del Evangelio, que se impone por sí misma, y en la acción del Espíritu Santo, que es capaz de cambiar los corazones. No hay que esperar a ser perfecto para evangelizar – decía Francisco – lo importante es tener una fe viva, alegre y contagiosa; y empezar hoy, cada uno en su entorno, mirando a los demás con misericordia y espíritu de servicio, sin lamentos estériles ni quejas egoístas. Nuestro difunto Papa no quería caras de funeral ni cristianos de Cuaresma sin Pascua. Insistía en que evangelizar no era cuestión de “convencer” a nadie, sino de “atraer” por medio del amor y la autenticidad, siguiendo el ejemplo de Jesús, que ve siempre más allá de las apariencias, y ama a cada persona profundamente.
Esta es la “Iglesia en salida” de Francisco, su “Iglesia hospital de campaña”, que no se diferencia mucho de la “Nueva Evangelización, con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones”, de la que tanto hablaba San Juan Pablo II. Ni se diferencia del esfuerzo de Benedicto XVI por volver a las fuentes de la Palabra de Dios y la Eucaristía, para propiciar el encuentro con Jesucristo, ya que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y, con ello, una orientación definitiva” (DCE n. 1). Cambian las expresiones, cambia el lenguaje, los gestos, los acentos, pero la esencia es la misma, la necesidad de ser fieles al envío misionero del Señor.
“Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8). Dentro de su innegable originalidad y espíritu renovador, ayuda mucho contemplar el pontificado de Francisco en continuidad con sus predecesores y con la tradición viva de la Iglesia. La barca de Pedro siempre estará amenazada en su navegación por nuevos vientos, olas y tormentas. En algunas ocasiones, Jesús parece dormir, y podemos sentir inquietud y zozobra. Sin embargo, Él siempre nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo” (Mt 14,27). Jesús prometió a Pedro que el poder del infierno no derrotaría a la Iglesia, fundada sobre él (cfr. Mt 16,18). También le prometió su asistencia, para que, en las peores circunstancias, pudiera confirmar a sus hermanos en la fe. Estas promesas se han cumplido en al pontificado de nuestro amado Papa Francisco, y se cumplirán en el pontificado del nuevo Papa que esperamos, porque nuestra esperanza está en Dios, y nuestra esperanza no defrauda (Rm 5,5).
En torno a mi nombramiento como Obispo de Alcalá, tuve la ocasión de saludar al Papa Francisco, brevemente, en dos ocasiones. Me impresionó su carácter cercano y desenvuelto. Recordaba con afecto el periodo de su tercera probación en Alcalá. Me pidió que cuidara a los sacerdotes y la catequesis, y que fuera un pastor entregado. Es para nosotros un motivo de orgullo tener a un Papa vinculado a nuestra diócesis.
El Papa siempre terminaba los encuentros, con las mismas palabras: “Por favor, recen por mí”. Es lo que queremos hacer esta tarde. Con la intercesión de María, Salus populi romani, pidamos al Señor que acoja el alma del Papa con misericordia, esa misericordia de Dios que Francisco tanto predicó y visibilizó con sus gestos. Como nos decía el libro del Apocalipsis, en la primera lectura: “¡Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor! Que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”. Que el Papa Francisco descanse en paz. Amén.