Un día cualquiera de agosto, como tantas personas, tuve la fortuna de asistir a la proyección de La Odisea de Christopher Nolan. Mientras esperaba a que la sala se quedara a oscuras, no dejaba de pensar en las cifras colosales de la campaña: la primera película rodada íntegramente en IMAX de 70 mm, un presupuesto de 250 millones de dólares, noventa y un días de rodaje en escenarios reales… Coordenadas precisas para erigir no solo un filme, sino un faro monumental en el horizonte cinematográfico de nuestro tiempo. Al terminar la sesión, sin embargo, mientras aguardaba en silencio a que corrieran los últimos títulos de crédito, me asaltó una pregunta: ¿Cómo cada cultura, desde sus propios dolores y circunstancias, ha necesitado rehacer esta travesía para entenderse a sí misma?
Es una pregunta que toca la raíz de lo que somos. Porque la Odisea nunca fue un texto cerrado, sino una herida abierta. El verdadero drama que arrastra el mito no es la aventura física, sino el vértigo del regreso: la intuición de que el tiempo nos cambia y de que, tal vez, la casa a la que buscamos volver ya no existe.
Por esa razón, cuando el mito cruza distintas épocas y geografías, no lo hace como una simple lista de obras, sino como una obsesión filosófica que adopta la forma de cada angustia colectiva.
En Europa, esa travesía fue el espejo de nuestras propias contradicciones. Resulta simbólico que, en el siglo III a.C., Livio Andrónico inaugurara la literatura latina no inventando un relato nuevo, sino traduciendo la epopeya al latín en su Odusia u Odyssia. Toda una civilización decidió echar a andar imitando el viaje de un náufrago. Poco después, sin embargo, necesitó invertir la perspectiva. En la Eneida de Virgilio, Odiseo aparece como un astuto y temible manipulador para legitimar la causa troyana. Siglos más tarde, Dante no pudo soportar la idea de un héroe envejeciendo en paz. Prefirió enviarlo al Infierno, castigado por ese impulso de cruzar los límites del mundo en busca de lo desconocido. Ya en la Modernidad, la epopeya abandonó los mares para encerrarse en la mente humana. Aparece en el anciano de Tennyson que se rebela contra la comodidad de la vejez, en la jornada dublinesa de James Joyce y en distintas miradas del cine: la crítica de El desprecio de Godard, el péplum de Ulises con Kirk Douglas, la animación de Ulises 31 o la serie de Andréi Konchalovski. En todas ellas, el viaje sirve para indagar en el aislamiento y la nostalgia.
Al cruzar el Atlántico el mito pierde toda distancia académica y se impregna de la carne y el conflicto del Nuevo Mundo. En el norte, el regreso a casa deja de ser la conquista de un trono. Se convierte en una pregunta violenta sobre la identidad, la raza y la pertenencia. El viaje de Odiseo se encarna en el indígena de Jack London que cruza el hielo del Ártico, en la lucha del hombre negro por no ser invisible en Invisible Man de Ralph Ellison y en los collages de Romare Bearden. Añadiría en la travesía de los desposeídos tras la Guerra de Secesión, en Cold Mountain de Charles Frazier, y durante la Gran Depresión, en O Brother, Where Art Thou? de los hermanos Coen. Al fi nal, la Penélope de Margaret Atwood en The Penelopiad nos devuelve la duda más amarga: ¿existe de verdad un hogar cuando la sociedad te ha negado la condición de persona?
Esa misma pregunta sobre el hogar negado se desplaza hacia el sur, donde la travesía adquiere un tono más existencial y se carga de dolor social. Jorge Luis Borges sugería que Homero no es un libro congelado, sino un río inagotable donde cada lectura crea un poema nuevo. Partiendo de esa idea, el intelectual hispanoamericano se vio reflejado en esa peregrinación perpetua, desde el Ulises criollo de José Vasconcelos hasta el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. Fue, sin embargo, el Teatro de los Andes el que le devolvió al mito su vertiente más sangrante, al encarnarlo en el drama del migrante contemporáneo. La Ítaca del sur no es un recuerdo de piedra y mármol; es la patria perdida de la infancia, un horizonte que la pobreza y el exilio arrebatan cada día.
Esa dimensión de la patria robada conecta de inmediato con la memoria desgarrada de Oriente Medio. El mundo árabe descubrió en el siglo XX que la travesía de Odiseo era la metáfora exacta del despojo político. En los versos de Badr Shakir al-Sayyab, en la narrativa de Jabra Ibrahim Jabra o en la poesía de Mahmud Darwish, el navegante deja de ser el héroe triunfal para convertirse en la voz del exiliado. Cuando Darwish se declara «poeta de Troya», canta desde las ruinas del vencido y transforma a Ítaca en una paradoja atroz: la tierra prometida a la que la historia prohíbe regresar.
En Asia, la travesía no necesitó ser impuesta, porque resonaba desde siempre con la memoria del continente. El viaje homérico dialogó de igual a igual con la prueba espiritual del Ramayana y con la peregrinación cósmica del Viaje al Oeste chino. Por eso, cuando el público de la India o de China acude a las salas a ver estas superproducciones, no está adoptando un relato ajeno. Está reconociendo una enseñanza ancestral: que la vida es una purificación a través del camino y el sufrimiento.
Y es en el Caribe y en África donde el mito sufre su metamorfosis más liberadora. Aimé Césaire y Derek Walcott le arrebatan la epopeya al canon occidental para sanar la herida de la esclavitud. Al heredar los nombres griegos, los pescadores antillanos no actúan por subordinación, sino para fusionar el Mediterráneo con la tradición oral africana y los ritmos del Caribe. El viaje de vuelta deja de ser el privilegio de un rey y se convierte en el grito colectivo de la diáspora que reclama su derecho a la memoria. Una sabiduría náutica que reaparece de forma limpia en Oceanía, donde los cantos polinesios demuestran que orientarse por las estrellas y desafi ar el abismo del agua es una respuesta universal del espíritu humano.
Por todo esto, la Odisea no permanece viva por la métrica de sus versos ni para alimentar la vanidad de los eruditos, sino por esa necesidad terca y desesperada de buscar respuestas donde solo hay incertidumbre. Resulta casi una ingenuidad, o una soberbia moderna, llamar “muertas” al griego y al latín. Han sido, son y serán inmortales: desde el primer canto hasta la última superproducción, siguen dándonos las palabras exactas para nombrar nuestras tempestades. Al salir de la sala de cine y tropezar con la luz de la calle, se nos revela la trampa del espectáculo: Odiseo no era el rey de la pantalla, sino cualquiera de nosotros intentando no perderse en el camino de vuelta a casa. La verdadera travesía jamás consistió en pisar la arena de una isla del Jónico. El único viaje que cuenta es ese empeño terco y silencioso por descifrar quiénes somos antes de que la noche nos alcance.
Eduardo José Bocanegra Domínguez

















































