Alcalá de Henares, 13 de mayo de 2025.- El obispo de la diócesis de Alcalá de Henares, monseñor Antonio Prieto Lucena, presidio el sábado 10 de mayo junto con el obispo emérito, Juan Antonio Reig Pla, la ordenación sacerdotal de Francisco Cordero Junquera y de Mikel Cacho Ruiz, y la ordenación diaconal de Germán Daniel Benavides Flores. Los dos primeros esperan destino en parroquias de la diócesis mientras que el nuevo diácono seguirá formándose para su futura ordenación sacerdotal.
El celebrado el sábado es un sacramento de gran importancia dentro de la Iglesia Católica. A través de este rito, los ordenados han sido llamados a servir a Dios y a su comunidad de una manera especial y dedicada. La ordenación sacerdotal confiere a los candidatos el poder de administrar los sacramentos y de guiar espiritualmente a los fieles. Por otra parte, un diácono es un ministro ordenado que desempeña un papel fundamental en la vida de la comunidad cristiana. Su rol es de servicio, tanto en el ámbito litúrgico como en el social. A diferencia de los sacerdotes y obispos, los diáconos no tienen la facultad de celebrar la Eucaristía, pero sí pueden realizar otras funciones importantes, como predicar, bautizar y celebrar matrimonios.
Los ministros de la ordenación son los obispos y estos deben poseer el mandato pontificio para realizar la ordenación, cuya ceremonia consta del siguiente ritual para el grado del presbiterado:
Presentación y elección del ordenado.
Alocución del obispo.
Interrogatorio del ordenando.
Letanías de los Santos.
Unción con el santo crisma.
Entrega de los Evangelios.
Entrega de patena y cáliz.
En cuanto a los momentos más significativos de la celebración son:
La postración: los candidatos realizan el gesto de la postración con el rostro mirando al suelo.
La imposición de las manos: es el rito más importante de este sacramento. El obispo impone las manos sobre las cabezas de los candidatos al sacerdocio y reza en silencio al Espíritu Santo para que les transforme y capacite para su misión sacerdotal. La oración consecratoria para el grado del presbiterado es la siguiente: “Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieres a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de ti el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean, con su conducta, ejemplo de vida”.
El templo catedralicio estaba repleto de los familiares y amigos de los ordenandos, además de todos aquellos que han querido acercarse a acompañarles en este paso tan importantes para ellos y para la Iglesia complutense.
Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la ordenación sacerdotal y diaconal
Queridos Francisco y Mikel, que vais a ser ordenados presbíteros; querido Germán, que vas a recibir el diaconado. Saludo y felicito a vuestras familias, rectores y formadores, a vuestras comunidades cristianas y a vuestros amigos, aquí presentes. Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos en el Señor.
Acabamos de escuchar el evangelio del buen Pastor, que ilustra preciosamente la misión de Jesucristo. Él es el buen Pastor que conoce a sus ovejas, que somos cada uno de nosotros, y da la vida por ellas. En el Evangelio de San Juan, el verbo “conocer” tiene un significado amplio, que implica amar lo que se conoce. Conocer a las ovejas supone amarlas, desvivirse por ellas, alimentarlas, curar a la herida, buscar a la extraviada, y vigilar por si viene el lobo, para defenderlas e impedir que se dispersen.
El evangelio contrapone la figura del Pastor con la del “asalariado”, que es todo lo contrario. Al asalariado no le importan las ovejas, solo le importan en la medida en que puede sacar algo de ellas: la carne, la lana o la leche. El asalariado, si ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo hace estragos en el rebaño.
En nuestro mundo existen muchos falsos pastores, que nos prometen pastos abundantes y aguas cristalinas, y, en realidad, solo buscan su interés. Esos falsos pastores son ídolos que nos seducen, como el poder, el dinero o el placer, y al final solo nos dejan el corazón vacío. En cambio, Jesucristo es el verdadero Buen pastor, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Al contemplar el evangelio del buen Pastor es inevitable no pensar en la reciente elección del Papa León XIV, como pastor universal de la Iglesia, y en la ordenación de Francisco, Mikel y Germán, que, por el sacramento del orden, van a ser configurados con Cristo cabeza, pastor y siervo. Estamos de enhorabuena. Demos gracias a Dios, que cumple su promesa: “Os daré pastores según mi Corazón, que os apaciente con saber y acierto” (Jr 3,15).
Queridos Francisco y Mikel: por el sacramento del orden, en el grado del presbiterado, se va a operar en vosotros una transformación ontológica que os convertirá en presencia sacramental de Cristo, cabeza y pastor. El sacerdote es “otro Cristo”. Como decía San Juan Crisóstomo, es un “hombre revestido de carne que ejerce un oficio de ángel”. Ciertamente, ser sacerdote es exigente, supone configurarnos con Cristo y entregar toda nuestra vida, quedando expropiados de todo lo nuestro. Así se entiende que los Santos Padres quisieran rehuir el sacerdocio cuando eran llamados por la Iglesia. Sabemos que San Ambrosio huyó de Milán y se escondió en una tumba. Lo mismo hizo San Juan Crisóstomo refugiándose en unas montañas, hasta que se puso enfermo y no tuvo más remedio que regresar a la ciudad.
Pidamos al Señor ser buenos Pastores del rebaño de Cristo, y no vivir como “asalariados”. Servir a la Iglesia, sin querer “servirnos de la Iglesia”, para nuestros fines egoístas. Ser sacerdote es una dignidad, por el poder de hacer presente a Cristo en la Eucaristía y de perdonar los pecados, pero esta dignidad exige de nosotros una gran santidad y pureza de corazón. San Juan de Ávila, cuya fiesta se celebra hoy, hablando del momento de la consagración, en la Misa, decía que “viendo como el Señor se ata con nuestras palabras, y se deja tomar en nuestras manos indignas, no deberíamos tener boca ni manos para pecar”, y añadía: “si el sacerdote quiere pecar con su lengua o con sus manos, que pida otras prestadas”, ya que sería una gran contradicción que las manos que hoy consagran, mañana se usaran para ofender a Dios.
Para San Juan de Ávila, los sacerdotes somos “relicarios de Dios”, lo cual exige de nosotros una gran santidad. Queridos Francisco y Mikel: cuidad el carisma que hoy recibís, sabiendo que llevamos un gran tesoro en vasijas de barro. No dejéis que se enfríe vuestro amor por Jesucristo y por las almas. Sed fieles a vuestra oración diaria, sabiendo que “un sacerdote vale lo que vale su oración”; y quered mucho a la gente. Tened siempre presente que “lo que no se ama, no se evangeliza”. Conocer a las ovejas supone amarlas y dar la vida por ellas. Que entre vuestros preferidos estén siempre los pobres, los enfermos, los pecadores y los alejados.
Querido Germán: tú también recibes el sacramento del orden, pero en el grado del diaconado. Te configuras así con Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir. La espiritualidad del diácono es la del “servidor”. Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios, distribuir la Eucaristía, presidir bautizos, matrimonios y exequias, predicar el Evangelio, bendecir y dedicarse a las obras de caridad. Es mucho, por lo tanto, lo que recibimos de Dios, en esta mañana. Gracias, queridos Francisco, Mikel y Germán, por responder generosamente a llamada del Señor.
En su homilía de ayer, ante los señores cardenales, en la capilla sixtina, el Papa León XIV, nos describía el mundo al que somos enviados a evangelizar. Es un mundo en el que Cristo, o bien es insignificante o bien se vuelve molesto, por las exigencias morales que supone su seguimiento. Hoy se piensa que la fe es para personas débiles y poco inteligentes, a las que se ridiculiza. Sin embargo, aquellos que nos desprecian viven el drama de la falta de sentido en la vida, el olvido de la misericordia, la violación de la dignidad de la persona, la crisis de la familia y tantas heridas que sangran en nuestra sociedad. Por eso, nuestra misión es más urgente que nunca. Sin embargo, – nos recordaba el Papa -, no podemos ser misioneros sin relación personal con Cristo y sin entrar por un camino personal de conversión permanente.
Queridos Francisco, Mikel y Germán: creo que nunca olvidaréis que comenzáis vuestro ministerio al mismo tiempo que lo hace el Papa León XIV. Acoged este consejo suyo de ser misioneros intrépidos, en un mundo difícil, pero sin separaros de Cristo, viviendo siempre unidos a Él, que habita en la Iglesia.
Se cuenta que, al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después, se ofreció a que le pidieran alguna pieza “extra”. Un tímido sacerdote preguntó al actor si conocía el salmo 22, que es el salmo del Buen pastor. El actor respondió: “sí, conozco el salmo, y estoy dispuesto a recitarlo, con una condición: que después lo recite usted”. El sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar”, y los invitados aplaudieron vivamente. Llegó el turno al sacerdote, que hizo un momento de silencio, y, cerrando los ojos, recitó lentamente las mismas palabras del Salmo. Cuando terminó no hubo aplausos, solo un profundo silencio, y el inicio de lágrimas en algún rostro. El actor tuvo que reconocer: “señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche: yo conocía el salmo, pero este hombre conocía al Pastor”.
Queridos candidatos a las órdenes, esto es lo que la Iglesia y el mundo esperan de vosotros: no solo que conozcáis el salmo, sino que conozcáis al Pastor. Que Cristo no sea para vosotros una teoría, sino el amor de vuestra vida y el motor de vuestra entrega. Que Ntra. Sra. la Virgen del Val, los Santos Niños y San Felipe Neri intercedan por nosotros. Que así sea.

















































