Alcalá de Henares, 6 de junio de 2025.- Las plantas que nos rodean son auténticos laboratorios vivientes. No es nada nuevo. Las plantas han sido el único recurso que ha tenido la humanidad para curar sus males durante siglos. Siguiendo las tradiciones terapéuticas conocidas desde la prehistoria, la medicina popular, en realidad, no ha dejado nunca de recurrir a las plantas medicinales.
De hecho, hasta bien avanzado el siglo XIX, las plantas constituyeron la base terapéutica en todo el mundo. La tendencia de nuestros antepasados homínidos a usar plantas medicinales se remonta al menos a 50.000 años. El registro arqueológico de múltiples sitios en todo el Cercano Oriente, que abarcan desde el Paleolítico Inferior hasta el Neolítico, sugiere que el uso intencionado y continuo de plantas medicinales estaba generalizado entre los homínidos del Paleolítico. Dos de las tradiciones medicinales escritas más antiguas, el Ayurveda y la Medicina Tradicional China, se remontan a más de 5.000 años.
En el yacimiento de la cueva de El Sidrón, en el norte de España, el Homo (sapiens) neanderthalensis, una especie extinta de humanos arcaicos, ingería las plantas medicinales no nutritivas Achillea millefolium (milenrama) y Matricaria chamomilla (manzanilla), como demuestra el análisis de las partículas encontradas en el sarro de sus dientes fosilizados.
Ötzi, el nombre otorgado a la momia de un hombre que falleció hacia el 3.255 a. n. e., cuya momia fue descubierta en septiembre de 1991 a una altitud de 3.200 m en los Alpes austriacos, es la momia humana natural más antigua de Europa y ha ofrecido una visión sin precedentes de los europeos de la Edad del Cobre.
Entre las posesiones de Ötzi había dos especies de hongos. De uno de estos (el hongo del abedul) se sabe que tiene propiedades antibacterianas, y fue utilizado probablemente para propósitos médicos. El otro era un tipo de hongo de yesca (para producir fuego), incluido como parte de lo que parece ser un equipo complejo para prender lumbre. El equipo contiene pedazos de diversas plantas, cerca de una docena, además del pedernal y de la pirita para crear chispas.
El zurrón de Ötzi es una de las muchas evidencias de que las plantas que nos rodean son auténticos laboratorios vivientes. Buena parte de la humanidad todavía depende del uso de hierbas medicinales que hoy en día se investigan como fuente de tratamientos alternativos sustitutos de las drogas sintéticas. Estos tratamientos, que han demostrado ser efectivos, han sido ampliamente aceptados como tratamientos complementarios médicos incluso en las naciones industrializadas.
La etnomedicina, la medicina etnoveterinaria y la etnofarmacología investigan estas y otras tradiciones escritas y orales antiguas sobre el uso de plantas medicinales que son buscadas como fuentes de tratamientos alternativos para enfermedades humanas y ganaderas frente a la creciente resistencia de los antibióticos y antivirales a las drogas sintéticas.
El jardín de Medicinales de la Universidad de Alcalá
Las plantas pueden sanar, pero también pueden matar. La naturaleza es el mayor camello del planeta. Sin salir de una ciudad, en cunetas, descampados y parques se pueden encontrar plantas tóxicas o venenosas como la amapola, el estramonio y el mismísimo opio.
La mayoría de las personas ignoran la existencia de estas plantas tan cercanas. Cuando a los visitantes del Jardín Botánico se le comentan ejemplos reales de accidentes, algunos mortales, producidos por el mal uso y desconocimiento de las especies venenosas de nuestro entorno más cercano, el auditorio se sorprende. Se tranquilizan al saber que muchos venenos resultan familiares en la práctica médica: en su dosis justa, la morfina, la atropina y la escopolamina son, por ejemplo, tremendamente útiles y han salvado infinidad de vidas.
Ese desconocimiento fue uno de los motivos que impulsó al equipo del Real Jardín Botánico de la Universidad a crear el Jardín de Medicinales. En el Jardín, que se inauguró en junio de 2023, florecen estos días más de un centenar y medio de plantas de uso común en la herboristería tradicional, que constituyen una muestra representativa de algunas de las plantas medicinales más conocidas en nuestro país.
La muestra elegida obedece a una doble razón. En primer lugar, por el espacio del propio jardín, ceñido por el momento a un ámbito limitado por su propio diseño del que me ocuparé más adelante. En segundo lugar, muchas de las plantas medicinales son especies restringidas a ámbitos ecológicos cálidos y húmedos con ausencia de heladas y ausencia de sequía veraniega, lo que impide su implantación en el clima continental de Madrid.
Para evocar los antiguos jardines monacales en los que se cultivaron desde la Edad Media las plantas medicinales, y con el objetivo de acercarlo simbólicamente a la planta de la antigua Universidad Complutense, el Jardín de Medicinales está situado en un espacio de 3.000 m2 cuyo diseño, como puede verse en la figura adjunta, reproduce fielmente las proporciones del patio de Santo Tomás, uno de los tres patios históricos de la Universidad Cisneriana.
La distribución y selección de las especies que conforman este jardín, diseñado por la farmacéutica Manuela Plasencia Cano, quien también se ocupó de diseñar el recoleto jardín de medicinales del Hospital de Antezana, se rige por criterios terapéuticos y objetivos pedagógicos que han servido para ordenarlas en función de su utilidad terapéutica en cinco grandes grupos: aromáticas, dermatológicas, tóxicas, estimulantes y sedantes.
Dada la multiplicidad de efectos terapéuticos de determinadas especies, algunas plantas están ubicadas en varios apartados, intentando siempre agruparlas de manera didáctica para que el visitante observe, identifique y asocie las plantas que tienen similares efectos sobre la salud.
Cada una de las plantas va acompañada de una placa explicativa, que incluye un dibujo y un código QR que remite a una información más detallada de la misma: nombre científico y común, etimología de su nombre científico, distribución geográfica, composición fitoquímica, uso medicinal, toxicidad (en su caso), otros usos y curiosidades.
Cinco especies emblemáticas del Jardín de Medicinales
Como los animales, muchas plantas han desarrollado mecanismos para evitar la depredación. A diferencia de aquellos, las plantas no tienen la capacidad de huir y, por tanto, deben recurrir a otras formas de protegerse. La protección puede conseguirse mediante defensas físicas, como espinas y aguijones, pero también se logra gracias a la producción de toxinas, una variedad de compuestos químicos que pueden inducir cualquier efecto, desde una leve molestia hasta la muerte.
Las plantas venenosas ocupan un lugar muy importante en la cultura humana, que implica desde sus usos homicidas como venenos en la antigüedad (pero también en plena Guerra Fría) hasta sus beneficiosos usos medicinales. La que sigue es una muestra de cinco de las plantas venenosas más mortíferas del mundo que se cultivan en el Jardín de Medicinales del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá.
Belladona (Atropa belladona)
Esta planta pertenece a la misma familia que los tomates, las patatas y las berenjenas, y se puede encontrar en toda Europa, incluso en España, así como en el norte de África, Asia occidental y algunas partes de Norteamérica.
A pesar de ser una de las plantas más tóxicas conocidas, hasta el punto de que bastaría ingerir tan solo diez de sus bayas para acabar con la vida de un humano adulto, su nombre en realidad proviene de su uso como producto de belleza (bella donna en italiano significa mujer hermosa), porque se utilizaban como colirios para dilatar las pupilas y hacer que los ojos de las coquetas parecieran más grandes, brillantes y atractivos. Afortunadamente, la práctica está hoy en desuso debido a sus efectos adversos, que incluyen distorsiones visuales e incluso ceguera.
La belladona pertenece a la clásica y ensoñadora farmacopea de las “hierbas de las brujas” y como tal ha sido protagonista de muchas leyendas, supersticiones y rituales. Para muchas tradiciones europeas, la belladona ha sido -y sigue siendo- objeto de creencias, leyendas y fábulas diversas. Fue utilizada en el antiguo Egipto como narcótico; en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco, en las ofrendas romanas a Atenea, diosa de la guerra, para provocar el fulgor en la mirada de los soldados, en Siria para “alejar los pensamientos tristes”, y en tierras celtas y centroeuropeas para honrar a Bellona, diosa de la guerra. En la Edad Media su uso y difusión era secreto y se relaciona con Paracelso y otros autores vinculados a la alquimia, así como con las “brujas”.
Adelfa (Nerium oleander)
Una planta tan hermosa como tóxica es la adelfa, una asesina dulcemente perfumada. Conocida por sus llamativas flores retratadas por pintores desde Klimt hasta Van Gogh, este bonito arbusto o arbolillo está repleto de veneno. Contiene glucósidos cardíacos tóxicos. Afortunadamente, tiene un sabor muy amargo, lo que significa que las intoxicaciones por adelfa son raras.
La elegante adelfa, cuyas flores son de color carmesí, magenta o blanco, es una de las plantas más tóxicas del mundo. Como consecuencia de que la adelfa es rica en heterósidos cardiotónicos, la ingestión de cualquiera de sus partes, pero especialmente de las hojas, provoca arritmias, es decir, la frecuencia cardíaca se vuelve irregular: al principio se acelera y luego desciende hacia una frecuencia muy inferior a la normal, hasta que el corazón deja de latir por completo y el intoxicado muere por parada cardíaca. Otros síntomas previos son náuseas, vómitos, vértigo, deposiciones diarreicas, excitación, depresión y convulsiones.
Incluso inhalar el humo de una adelfa quemada es una amenaza para la salud. Se dice que ha habido casos de intoxicaciones producidas por campistas que usan ramas de adelfa para asar carne o pescado. De hecho, según se cree algunos de los soldados de Napoleón murieron en España cuando usaron ramas de adelfa para asar carne. La flor es tan peligrosa que incluso la miel hecha por las abejas que liban en las adelfas para obtener néctar es tóxica, lo que no es un caso único entre las plantas.
Ricino (Ricinus communis)
El ricino es una herbácea cosmopolita de gran tamaño que puede crecer varios metros en las tierras cálidas o en lugares muy abrigados de nuestras costas, sobre todo en Andalucía y Levante; las bajas temperaturas limitan su crecimiento, las heladas le son fatales y la planta muere todos los años en las tierras frías del interior de nuestro país.
Las semillas son muy tóxicas por la presencia de una proteína, la ricina. Basta la ingestión de unas pocas, masticadas o tragadas, para que se produzca un cuadro de intensa gastroenteritis con deshidratación; puede dañar gravemente el hígado y el riñón e incluso producir la muerte. Es una de las toxinas biológicas más potentes que se conocen.
Se pueden desarrollar otras graves alteraciones metabólicas como proteinuria, hematuria e insuficiencia renal y los niveles de creatinina en suero pueden verse incrementados. En casos graves puede dar lugar a la hemolisis de glóbulos rojos con insuficiencia renal aguda posterior. Se han dado casos de muerte debido a insuficiencia multiorgánica. La agonía puede durar hasta diez días, aunque lo normal es que si el paciente no ha muerto en tres o cinco días se recupere.
Al tratarse de una albúmina semejante a la producida normalmente por el hígado que al metabolizarse se descompone en aminoácidos, la ricina no deja rastro en los análisis bioquímicos de las víctimas y pasa desapercibida en los análisis forenses habituales, lo que la convierte en un veneno indetectable. Como dice Walter White en Breaking Bad, no hay ninguna prueba eficaz para confirmar el envenenamiento y por eso fue elegida para algunos intentos de asesinato.
Estramonio (género Datura)
Un grupo de plantas mortal y peligroso es el que reúne a los estramonios, también conocidos como trompetas del diablo y campanas del infierno. Todas las especies de este género son extremadamente tóxicas y potencialmente psicoactivas.
Sus propiedades alucinógenas han llevado a que los grupos indígenas de América las utilicen para provocar visiones y realizar “viajes” espirituales. Sin embargo, esta puede ser una práctica muy peligrosa ya que la diferencia entre una dosis recreativa y una letal es muy pequeña. Sólo un conocimiento muy completo de sus propiedades puede convertirla en una experiencia remotamente segura.
Las plantas también se han asociado con la brujería occidental y se dice que las brujas las utilizaban en sus “ungüentos voladores” alucinógenos.
Cicuta (Conium maculatum)
El nombre Conium, del griego konas, girar, alude al hecho de que al ingerir la planta se sienten mareos. Maculatum, del latín macula, mancha, alude a sus tallos huecos que alcanzan más de un metro de altura y están típicamente salpicados de manchitas parduzcas, casi negras. De las hojas emana un olor desagradable como de orina de gato.
La cicuta es uno de los venenos más famosos de la historia porque fue elegido por Sócrates para suicidarse. Se dice que si uno reposa en un día caluroso tumbado en el campo cerca de una cicuta, terminará con dolor de cabeza. Aunque es mortal para los humanos, parece formar parte de la dieta de muchas aves y tampoco afecta a rumiantes, caballos y burros, pero sí a conejos y carnívoros. Generalmente las intoxicaciones se producen por confusión con otras plantas comestibles (zanahoria, perejil, anís) de su misma familia o por el consumo de animales que se hayan alimentado de ella.
El alcaloide tóxico más abundante de la cicuta es la coniína, que altera el funcionamiento del sistema nervioso central y puede causar la muerte mediante el bloqueo de la unión neuromuscular de manera similar al curare; durante la hora siguiente a su ingestión provoca trastornos digestivos (especialmente cuando se utiliza la raíz), vértigos y cefaleas, parestesias, descenso de la temperatura corporal, reducción de la fuerza muscular, y finalmente una parálisis ascendente. La muerte puede sobrevenir debido a que las convulsiones y la destrucción muscular produzcan una insuficiencia renal o debido a las alteraciones que produce en la respiración (acelerándola al principio y deprimiéndola luego), que llevarían a una muerte por asfixia. No hay antídotos específicos frente a esa toxina. Para un adulto, la ingestión de alrededor de seis a ocho hojas frescas, o una más pequeña dosis de las semillas o raíces puede ser fatal.
Manuel Peinado. Director del Real Jardín Botánico Juan Carlos I















































