Alcalá de Heanres 4 de abril de 2026.- Pocos minutos antes de salir en procesión, se pudo percibir con toda claridad el espíritu de la Hermandad del Santo Entierro. El capataz del paso con Cristo Yacente, Óscar Mendoza, dirigió unos palabras a la cuadrilla de anderos. En ellas dio las últimas instrucciones para el procesionar, pero sobre todo, interpretó el sentir real de la cofradía, su especial idiosincrasia. El principal rasgo de identidad de esta procesión no es otro que acompañar a Cristo muerte en cortejo fúnebre a su sepelio. Aquí no hay espectáculo, sólo dolor. En sus palabras Óscar Mendoza dijo que “no venimos a lucir sino a servir; no cargamos un peso sino que disfrutamos de un privilegio”.
No hay más en el solemne procesionar del Santo Entierro. No hay ocasión para el lucimiento, palabra que etimológicamente procede de ‘luz’, por la sencilla razón de que la iluminación de las calles se apaga según pasa el cortejo fúnebre. Se trata de toda una metáfora que viene a poner de manifiesto que la muerte de Cristo nos sume en las tinieblas del dolor para que después con su Resurrección recibamos la luz de la salvación.
La hermandad desfiló con un número mayor de penitentes que en los años anteriores que sí pudo desfilar cuando la lluvia le dio una tregua. La corporación penitencial que dirige Juan Carlos Núñez como hermano mayor crece y supera los daños que le hizo la pandemia de COVID. La procesión se formó en filas en la lonja de la Magistral adonde salieron los pasos desde el templo catedralicio. Lo hizo en primer lugar el paso con los Atributos de la Pasión. A continuación salió la imagen de Cristo Yacente llevado a hombros con toda solemnidad por los anderos, y finalmente la Virgen de los Dolores, con toda su desesperación por la muerte del Hijo.
Con la procesión ya formada, en la lonja de la Magistral el hermano mayor Juan Carlos Núñez tomó el juramento de silencio para acompañar a Cristo muerto, juramento que por Dios realizaron los miembros de la cofradía y muchos de los asistentes, que fueron miles.
A partir de ahí el barandales desfiló abriendo la comitiva haciendo sonar sus campanas para recordar que ese desfile es el de Cristo muerto camino de su sepultura y que merece un respeto. Reclamaba un silencio respetuoso, no el mismo que se daría a cualquier fallecido en su entierro, sino mayor porque a quien acompañan es al Hijo de Dios.

















































