Alcalá de Henares, 21 de enero de 2026.- El ser humano ya tenía amplias redes sociales en el Paleolítico Superior. Eso ya se sabía pero lo que no se conocía era que estas redes de comunicación, los contactos entre diversos grupos humanos podían llegar a establecerse con distancias superiores a los 600 kilómetros en vez de los 200 de los que se tenía constancia hasta el momento. Lo ha demostrado un estudio en el que ha participado como principal investigador un profesor de la Universidad de Alcalá, Manuel Alcaráz-Castaño.
La investigación se basa en el análisis arqueopetrológico y geoquímico de herramientas de
piedra tallada del periodo solutrense recuperadas en el yacimiento de Peña Capón
(Muriel/Tamajón, Guadalajara). Los resultados muestran que algunos de estos objetos fueron
fabricados con sílex procedente de afloramientos geológicos del suroeste francés, lo que
constituye la mayor distancia confirmada en el Paleolítico europeo entre el origen de una
materia prima lítica y el lugar donde fue abandonada.
Contactos a larga distancia
Las sociedades de cazadores-recolectores se organizaban tradicionalmente en redes sociales
complejas que permitían el intercambio de información, bienes y personas, generando así un
mecanismo adaptativo que aseguraba la supervivencia de los grupos. Aunque este tipo de
comportamientos se conoce desde hace décadas gracias a la etnografía y a la arqueología, las
evidencias directas y cuantificables de interacciones a muy larga distancia durante el
Paleolítico son escasas.
Hasta ahora, la mayoría de los desplazamientos documentados de materias primas líticas no
superaban los 200 o 300 kilómetros, y las redes sociales amplias se inferían de forma indirecta
a partir de estilos artísticos, objetos simbólicos o rasgos culturales compartidos. Este nuevo
estudio aporta, por primera vez, una prueba geoquímica directa de contactos sostenidos a una
escala superior a 600 km. No es asumible interpretar que los grupos humanos que se asentaron
en Peña Capón recorrieron estas distancias solo para aprovisionarse de sílex para la talla, por
lo que los investigadores proponen que las rocas “viajaron” como consecuencia de diversos
intercambios a través de redes sociales con una amplitud desconocida hasta hoy.
Redes sociales estables, complejas y multirregionales
El estudio demuestra que estas conexiones no fueron contactos puntuales, sino parte de redes sociales complejas y estables, mantenidas durante varios milenios, asegurando así la supervivencia de los grupos humanos durante algunas de las fases climáticas más frías de la última glaciación.
Además de las materias primas procedentes del suroeste francés, los niveles solutrenses de
Peña Capón contienen sílex y jaspes de las cuencas del Tajo, el Duero y el Ebro, algunos de
ellos con orígenes también a distancias que exceden el ámbito regional. La presencia conjunta
de todas estas rocas en los mismos niveles arqueológicos indica que Peña Capón y su territorio
circundante pudieron funcionar como zona de agregación estacional, integrada plenamente en
las grandes redes sociales del suroeste europeo durante varios milenios.
Los investigadores estiman que la extensión mínima del territorio que sostuvo estas redes
alcanzó cerca de 89.000 kilómetros cuadrados durante el Solutrense medio. Una superficie de
este tamaño no podría explicarse mediante los patrones de movilidad anual de los grupos
humanos, pues supera ampliamente los territorios de cualquier sociedad cazadora-recolectora
conocida, tanto a escala arqueológica como etnográfica. Por tanto, solo puede explicarse a
partir de la existencia de amplias redes sociales que permitían el intercambio de información y
bienes entre distintos grupos interconectados a distintas escalas geográficas.
Utensilios con potencial valor simbólico en tiempos extremos
Los autores interpretan que los objetos con origen en el suroeste francés, que representan una
parte muy escasa de los conjuntos industriales documentados en Peña Capón, no viajaron por
su valor funcional. En primer lugar, porque los grupos humanos conocían y explotaron materias
primas de mayor calidad con orígenes mucho más cercanos. Y en segundo lugar porque el
objeto más característico, una “preforma” de punta de proyectil foliácea, no fue tallada en el
yacimiento, sin que muy probablemente fue transportada tal cual desde el lugar en el que se
configuró, tal como indica el análisis de huellas de uso. Esto sugiere que algunos utensilios de
piedra pudieron circular, a través de diversos procesos de intercambio entre grupos
interconectados, como bienes con un componente simbólico. Dichos bienes habrían sido
utilizados para reforzar alianzas sociales, mantener contactos intergrupales y reducir riesgos
entre grupos ampliamente dispersos, en un contexto ambiental extremadamente duro como el
del Último Máximo Glaciar.
“Se trata de una investigación en la que hemos trabajado siete años, fruto de la colaboración
de un amplio equipo de investigadores de distintas instituciones españolas, portuguesas y
francesas. Los resultados son sólidos a nivel metodológico y con importantes implicaciones
para comprender la organización social de los grupos humanos del Paleolítico superior”, explica
Manuel Alcaraz-Castaño, profesor de la Universidad de Alcalá, investigador principal del
proyecto MULTIPALEOIBERIA y co-autor de correspondencia del artículo.
“La utilización de una técnica analítica de alta precisión, como la espectrometría de masas con
plasma acoplado inductivamente y ablación láser (LA-ICP-MS), nos ha permitido precisar
cuáles fueron las formaciones y afloramientos de los que provienen las materias primas”,
explica Marta Sánchez de la Torre, profesora de la Universitat de Barcelona y coautora de
correspondencia del artículo.
















































