Alcalá de Henares, 18 de abril de 2025.- El obispo complutense, monseñor Antonio Prieto, ha presidido ayer Jueves Santo el primer monumento del Triduo Pascual en el que se conmemora la Última Cena de Cristo, y en él ha lavado los pies a doce fieles miembros de la Adoración Nocturna para recordar el lavatorio de pies que realizó Jesucristo a sus doce apóstoles en la Última Cena como acto de servidumbre y amor hasta el final. Este memorial que repiten el Jueves Santo todos los sacerdotes con doce fieles es el propio del inicio del Triduo Pascual.
En los oficios de este primer capítulo del Triduo Pascual se conmemora la Última Cena de Jesucristo antes de ser prendido e iniciar su pasión y muerte. Como ha explicado el obispo en la homilía, el Jueves Santo se conmemoran tres aspectos fundamentales para la Iglesia Católica que forman parte de la liturgia: Es la institución del la Eucaristía, la del sacerdocio y la dación del mandamiento nuevo que dio Cristo, el del amor al prójimo.
Tras la homilía el obispo se ha quitado los símbolos de su dignidad episcopal, y sobre el alba, que es la túnica base del sacerdote, se ha ceñido una toalla, ha tomado una palangana y lavado los pies a doce fieles.
El Jueves Santo se pone el foco en tres acontecimientos que tienen su origen en la Última Cena: la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna. Por eso la Iglesia celebra cada Jueves Santo el día del Amor Fraterno.
También se recuerda el lavatorio de los pies, que manifiesta el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no a ser servido, sino a servir». Después de la Eucaristía en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, el Santísimo Sacramento quedó reservado en la capilla de San Pedro para su adoración.
Homilía de Mons. Prieto Lucena, obispo de Alcalá de Henares, el Jueves Santo 2025
Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos:
En esta “Misa de la Cena del Señor” entramos con los Apóstoles en el cenáculo, para recibir grandes regalos de Jesús: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio y el mandamiento de amarnos unos a otros como Jesús nos ama. Aquella noche del primer Jueves Santo de la historia, Jesús nos llamó “amigos”, y también “hijitos míos”, y pronunció su impresionante oración sacerdotal, mostrándonos la intimidad de su Corazón y su intimidad con el Padre.
Pero el Jueves Santo no son solo palabras de Jesús, son gestos, y gestos muy elocuentes. El primero de estos gestos es el lavatorio de los pies. Sabemos que era un gesto de hospitalidad, que los judíos realizaban con los invitados que llegaban a casa después de atravesar caminos polvorientos o enlodados. Este gesto le correspondía al más ínfimo de los esclavos de la casa. Jesús quiso ocupar ese lugar, lo cual sería muy llamativo para los Apóstoles. El relato de San Juan, que hemos escuchado, nos recuerda al himno de San Pablo a los Filipenses: “Cristo, siendo de condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Se humilló a sí mismo” (cfr. Flp 2,6-8). San Juan nos dice que Jesús se levantó de la cena, se quitó el manto, es decir, se despojó de su rango; y, tomando una toalla, se la ciñó para lavar los pies a sus discípulos. Es decir, tomó la condición de esclavo.
Es impresionante contemplar a Jesús asumiendo el papel del más ínfimo de los esclavos. En la vida de San Carlos de Foucauld se cuenta que, después de su conversión, quiso buscar el último lugar de la tierra donde se pudiese estar, por eso se hizo religioso trapense, para vivir escondido en un monasterio, en Francia. De soldado ateo se convirtió en monje. Después pensó que Francia no podía ser el último lugar de la tierra, y pidió a sus superiores trasladarse a un monasterio de Turquía, y después a otro en Tierra Santa, y más tarde a otro en el desierto del Sahara. Después de este itinerario, un día le pidió a Jesús que le dijera si realmente se encontraba ya en el último lugar de la tierra, y Jesús le respondió mostrándole la escena del lavatorio de los pies, y concretamente el momento en que Jesús lavó los pies a Judas. San Carlos de Foucauld comprendió que este, realmente, era el último lugar de la tierra.
Jesús ha querido ocupar este lugar. Hasta este punto nos ha amado, hasta ocupar el último lugar de la tierra. Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. El Evangelio de San Juan, que es el último que se escribió, no recoge el relato de la institución de la Eucaristía, pero en su lugar nos narra el gesto del lavatorio de los pies, que expresa el inmenso amor de Cristo al instituir la Eucaristía. A Jesús no le bastó con la encarnación, con explicarnos el sentido de la vida con su predicación, con hacer milagros y curar enfermos. Jesús quiso hacerse nuestro esclavo y nuestro alimento. Cuando tomamos un alimento, lo asimilamos y ese alimento se hace una sola cosa con nosotros. En la Eucaristía, Jesús ha querido hacerse alimento, para hacerse una sola cosa con nosotros, para que recibiéramos su fuerza y su consuelo. Igual que una persona no puede sobrevivir sin comer; un cristiano no puede mantenerse en gracia de Dios sin comulgar con frecuencia.
En el Evangelio que hemos escuchado aparece la soberbia de Pedro, que Jesús debe corregir. Con falsa humildad, Pedro rechaza el gesto del lavatorio: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contesta: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. El lavatorio de los pies es un signo de la redención, por eso, negarse al lavatorio significa auto-excluirse de la salvación. Si Pedro no se deja lavar, no puede tener parte con Jesús, es decir: queda fuera de la redención. Salvarse significa dejar que Jesús nos lave de la suciedad del pecado, pero Jesús no quiere salvarnos a la fuerza, espera nuestra respuesta libre.
Contemplemos, un instante, esta actitud de Pedro. Por una parte, nos parece lógica: nos da reparo que alguien nos lave los pies, que se humille ante nosotros. A veces, nos resulta más cómodo hacer un favor a alguien, que tener que pedirlo, ya que hacer nosotros un favor nos sitúa en una cierta situación de superioridad; en cambio, pedir ayuda nos humilla, porque significa reconocernos necesitados, y, de alguna manera, inferiores. Por eso, en el fondo, la negativa de Pedro a dejarse lavar es una actitud de soberbia, de no reconocer su necesidad de ser salvado. Jesús tiene que curar esta actitud soberbia de Pedro, ya que Pedro tiene que ser el cimiento de la Iglesia, y la Iglesia no puede construirse desde la soberbia, sino desde la humildad.
Cuando Jesús anunció su muerte y el abandono de sus discípulos, Pedro reaccionó con la misma prepotencia, diciendo a Jesús: “Yo daré mi vida por ti”. Y Jesús vaticinó: “esta noche, antes de que el gallo cante, tú me habrás negado tres veces”. Jesús sabe muy bien que tenemos la palabra larga y las obras cortas. Que hoy nos comemos el mundo y mañana es el mundo quien nos come a nosotros. Jesús es amigo de la fidelidad humilde, pero no de la prepotencia. No quiere que nos apoyemos en nuestras fuerzas, sino en la fuerza de su amor.
A veces, “dejarnos amar por Dios” nos cuesta más trabajo que “amar nosotros a Dios”. Es curioso, pero en nuestra experiencia psicológica resulta más fácil “dar amor” que “recibir amor”. Pensamos que la vida cristiana es hacer muchas cosas por Dios, sin darnos cuenta de que, en esas cosas buenas – que supuestamente hacemos por Dios -, nos estamos buscando a nosotros mismos. Buscamos una cierta autocomplacencia y que Dios esté en deuda con nosotros, para poder reclamarse esa deuda cuando nos interese.
Sin embargo, la vida cristiana es justo lo contrario. Comienza recibiendo el amor de Dios, y esto es lo más importante. Es el cimiento. Dios siempre nos “primerea”, como le gusta decir al Papa Francisco, y nosotros somos “los que hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene”. Una vez que hayamos recibido el amor de Dios, podemos ser nosotros testigos de ese amor para los demás. Santa Teresa de Jesús decía: “si no somos amados, no despertamos a amar”. Lo primero, por lo tanto, es dejarse amar por Dios, para luego amar a los demás con el amor de Dios, no solo con nuestras fuerzas. Podríamos preguntarnos esta tarde, cuando visitemos los Monumentos de Jueves Santo: ¿Me dejo yo amar por Dios? ¿Me siento aceptado por Dios a pesar de mis defectos? ¿Creo de verdad que Dios me ama? ¿Me dejo lavar los pies por Jesús, o rechazo este gesto con soberbia oculta?
El Evangelio termina con esta recomendación de Jesús: “si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies unos a otros, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. Es el mandato del amor fraterno. Jesús nos invita y nos capacita para poder amarnos unos a otros, con su mismo amor, que recibimos en la Eucaristía. Esto implica lavar los pies a Pedro y a Judas, es decir, a aquellos que nos han ofendido o nos odian, sin esperar que nos pidan perdón, sin esperar siquiera que reconozcan su ofensa, sin esperar que nos den la razón. “Si solo amáis a vuestros amigos – dice Jesús – ¿Qué mérito tenéis? Eso también lo hacen los paganos”.
Queridos hermanos: en esta tarde de Jueves Santo, dejémonos amar por Jesús-Eucaristía. Jesús quiere lavarnos la suciedad de nuestros pecados y curar las heridas de nuestro corazón. Si nos dejamos lavar por Él, también nosotros tendremos la fuerza para amar a nuestros enemigos, perdonando siempre, con la ayuda de María nuestra Madre. Que así sea.

















































